¿Diagnóstico sí o no?

Trabajando con pacientes en terapia me doy cuenta de que es frecuente que en el proceso terapéutico se pregunten ¿qué me pasa? Cuando las personas se ven desestabilizadas por determinados factores y no entienden qué les sucede esta pregunta es totalmente normal.

 

Yo, como profesional de la salud y conocedora de la psicopatología, me pregunto cuál es la respuesta que están necesitando esas personas.

El paciente tiene a derecho a recibir de la persona que le asiste información acerca de su estado. Cuando una persona asiste a consulta debe tener en cuenta que las primeras sesiones son designadas a la evaluación, a conocer a la persona, su problemática y establecer un adecuado vínculo terapéutico (para leer nuestro artículo sobre vínculo terapéutico pincha aquí).

Una vez que el profesional tiene una línea clara de por dónde se dirige la intervención, es recomendable hacer “la entrevista de devolución”. Puede ser más o menos estructurada y más o menos formal. En ella se le explica al paciente qué dificultades se han detectado y se propone/explica la forma de trabajar para abordarlas.

La evaluación y la devolución de información ya son parte del tratamiento, son una parte fundamental del mismo. En muchas ocasiones que el paciente pueda entender lo que le sucede, ponerle nombre, le tranquiliza y motiva para seguir trabajando en su dificultad.

Hasta aquí creo que es fácil estar de acuerdo. Lo que pasa es que en el mundo de la psicología no todo es blanco o negro. Si hablamos de diagnósticos, de etiquetas, no siempre se pueden facilitar al paciente. En muchas ocasiones no hay un cuadro que describa el conjunto de sintomatología, que es básicamente un diagnóstico. Hablamos de rasgos de personalidad, síntomas, procesos vitales en los que se está encontrando dificultad para gestionar lo que implican, no de psicopatología.

También es bueno preguntarse si dar un diagnóstico en un determinado momento a una determinada persona le puede servir para algo. Un diagnóstico implica muchas cosas, algunas de ellas negativas. Por ejemplo, el estigma.

No digo que haya que mentir al paciente, insisto en que tiene derecho a conocer lo que le sucede, solo que es bueno valorar si dar el diagnóstico es terapéutico o no lo va a ser, teniendo en cuenta el momento para determinadas intervenciones.

Quizá el que la persona entienda qué le sucede, conociendo y aprendiendo a identificar sus síntomas es lo más importante.

Hay que tener en cuenta que los diagnósticos dependen de criterios de tiempo, de intensidad y éstos pueden hacer que varíen. Las etiquetas diagnósticas no son estáticas, por lo que hay que procurar usarlas con rigurosidad pero también con flexibilidad. Evitar siempre que se convierta en una justificación para no trabajar en las dificultades y quitarse responsabilidad, por parte del paciente y de su entorno (“como el niño tiene TDAH se le permite que no obedezca cuando sus padres les piden que haga algo”).

Cristina de la Rosa Tineo

Psicóloga. Psicodramatista

www.dominguezpsicologosmadrid.com