Poner límites: errores frecuentes

En este artículo vamos a revisar los errores más frecuentes a la hora poner límites. Nos referimos a cosas tan cotidianas e importantes como decir no de forma clara o expresar la propia necesidad:

 

Los límites no son algo que sólo tengan que tener en cuenta los padres en la educación de sus hijos. Se trata de algo que nos acompaña a lo largo de toda la vida. Es cierto que hasta aproximadamente los 18 meses la madre y el bebé forman un ente indiferenciado, en adelante se tendrán que definir los límites para el desarrollo del bebé como individuo. Los límites por tanto son la frontera de nuestra identidad, nuestra piel y por eso es tan importante que los padres aprendan a definir los límites con sus hijos. Para hacer eso dichos padres, como adultos han de tener sus propios límites bien definidos. Es muy difícil dar lo que no se tiene.

Como primer apunte es un error frecuente asimilar la falta de límites como señal de amor. Es ejemplo de las familias aglomeradas, donde la identidad de uno se solapa con la del otro; hablamos de aquellas casas de puertas abiertas donde todo es compartido por todos. Esta forma de funcionar da unidad y pertenencia pero compromete el desarrollo de los miembros de la familia como individuos y augura complicaciones ante hitos evolutivos como la adolescencia o la emancipación de los hijos.

En relación a  lo anterior esta idea se aplica a la pareja. Esa idea romántica de que el amor auténtico es la fusión de dos sujetos nos habla de falta de límites y de una estructura de codependencia. Amar no es “necesitar para ser”. En una pareja uno más uno son tres; un “yo” y un “tú” bien diferenciados y un “nosotros” como proyecto de construcción conjunta donde la pareja se acompaña NO se funde.

Otro error frecuente consiste en ver los límites como muro que nos defienden de los demás. Desde ahí poner un límite resulta agresivo o al menos defensivo ya que parte de la idea de que el otro va a invadirme. El “poder” para invadirme es algo que sólo puede hacer el otro si yo le invito a que me sobrepase. Los límites, al contrario, son una muestra de respeto hacia uno mismo. En relación a la imagen el principio, se trata de sanar la piel que, de ser traspasada, resultará doloroso de una forma más o menos consciente. Poner límites al otro es reconocerle y permitirle reconocernos, es una presentación de la identidad de uno y otro.

En el caso de los niños, los límites se pueden ver como una especie de control externo que alivia nuestra preocupación ante la falta de regulación del menor. Parece que significa repetir “no hagas eso”. Sin embargo tiene más que ver con acompañar al niño para que sepa todo el espacio en el que puede explorar seguro. Poner límites bien definidos no es construir un muro si no que es dar un abrazo que acoge al otro. Un niño con límites bien definidos no ha de tomarle el pulso a la vida para ver hasta donde puede llegar ya que lo sabe. Al contrario de lo que se puede creer, la falta de definición de límites es un abandono que desprotege al niño y resulta tan agresivo como manejarse con el menor desde la continua prohibición.

Desde esta perspectiva, los límites no defienden ni encierran si no que nos hacen libres.

Si quieres conocer más sobre cómo definir límites correctamente sigue nuestros artículos y recuerda que puedes acudir a Tu psicólogo de confianza para aprender más sobre cómo manejar esta valiosa herramienta que permite desarrollar tu identidad y promover tu crecimiento personal.

Roberto Castillejo Río

Psicólogo, Psicooncólogo y Terapeuta de pareja y familia

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